viernes, 14 de octubre de 2016

Garranzo - La Rioja

Cuenta la leyenda que el núcleo de Garranzo, emplazado en un paraje rodeado de encinas y a los pies de un hermoso hayedo, quedó deshabitado a causa de una invasión de termitas. Desde luego, al avistar su caserío, bien conservado y empapado de un silencio absoluto, cualquier viajero concluiría que acaba de ser abandonado por una población que apenas ha tenido tiempo de recoger sus trastos y dejar las casas vacías.
Al acercarse la impresión es muy distinta, las calles se abren paso con dificultad entre algunas praderas destinadas al ganado y las viviendas muestran su decadencia, iniciada en los años 60, cuando los vecinos se desplazaron a otros pueblos más favorecidos de la región.
Durante los siglos XVII y XVIII se produjo el auge de la ganadería en la zona y surgió una rica industria que aprovechaba los cauces de los ríos para construir batanes y elaborar paños que se llevaban en carretas a todo el país. Los pueblos de la comarca estaban volcados en la ganadería trashumante, de la que surgió la figura del "chamarito", pastor que conducía rebaños de chamaritas, una variedad autóctona de la oveja churra. Pero también los telares daban ocupación a numerosos trabajadores, principalmente mujeres.
Una de estas fábricas se encontraba precisamente en Garranzo, que además de obtener ingresos de la producción de lienzos y sayales, vivía del cultivo de la tierra, de la que obtenía cereales y productos de huerta.

Crisis textil
La crisis de la industria textil en Munilla y en Enciso, donde trabajaban muchos vecinos del valle, supuso el comienzo de la decadencia de numerosas aldeas, algunas recuperadas en los últimos años por vecinos de fin de semana. Garranzo no ha corrido esta suerte y pese a la belleza del entorno, ofrece la desolada estampa de sus caserones, algunos con los establos en uso y la patética iglesia parroquial, convertida en cuadra y exposición de grafittis y acompañada de una hermosa encina centenaria.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)

Ochate - Burgos

A diferencia de muchos otros pueblos abandonados, Ochate está impregnado de una cierta aureola de malditismo y permanece unido a antiguas leyendas de hechicería y almas en pena que, según la tradición, vagan por este caserío desde que fue asolado por una epidemia de peste.
Semejante legado fantasmagórico ha tenido su puesta al día con una cierta fascinación entre los aficionados a los ovnis, que han llegado a convertirse en asiduos visitantes del lugar provocando algún desaguisado y el consiguiente recelo de los pueblos limítrofes.
Sin embargo, hace más de un siglo la vida cotidiana en Ochate no podía ser más sencilla. Apenas una treintena de vecinos, repartidos en siete casas, ocupaban su tiempo en cultivar trigo, centeno y otros cereales, y regar algunos pequeños huertos de habas, patatas y frutales con ayuda de un regato que bordeaba el pueblo recorriendo un profundo barranco. Sobre un monte cercano, poblado de robles y hayas, se alzaba la ermita románica de la Asunción y en medio del caserío, el templo parroquial de San Miguel, presidido por una estilizada torre.

Una torre solitaria
Las ruinas del pueblo, ya deshabitado a comienzos del siglo XX, apenas permiten imaginar su configuración en el pasado. Un núcleo disperso de edificaciones, con algunos establos, rodean la enhiesta torre de la iglesia, que se alza como un faro o un observatorio para alimentar la fantasía de ufólogos, mientras que en lo alto se conservan las ruinas de la ermita, destruida recientemente en un lamentable incendio.
Sólo el silencio denso y persistente, da a este paraje un carácter sobrecogedor y algo amenazante, al que resulta imposible sustraerse.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)

Mon - Asturias

La aldea de Mon, perteneciente al término de San Martín de Oscos, es un mínimo conjunto de construciones tradicionales que se alzan junto a un palacio medieval, un soberbio caserón utilizado actualmente como cuadra en espera de que las autoridades competentes lo rescaten del abandono.
El edificio, un bello ejemplo de construcción nobiliaria rural, está unido al linaje de los Mon y Velarde, protaganista de una antigua leyenda local en la que se narra cómo una princesa había sido hecha prisionera en este palacio por una especie de dragón, el temible cuélebre de la tradición astur. Enterado Arias Mon del cautiverio de la muchacha, se dirigió a la aldea y tras acabar con el cuélebre se casó con la princesa, fundando una estirpe que vivió en el palacio durante varias generaciones.

Princesas y cuélebres
De aquella hazaña surgió un lema: "Velarde, que la sierpe mató, con la infanta se casó", y un hermoso blasón en el que figura el cuélebre, un caballero con armadura y una orla en la que se evoca a la estirpe que vivió en el palacio: "Estas armas y blasón son de la casa de Mon, como fuerte las gané y así las defenderé". Este escudo, junto con otro de las mismas dimensiones, flanquea la entrada en la fachada principal del edificio, una excelente obra barroca con balcones en voladizo y balaustradas de hierro forjado, que tiene una torre a cada lado. La fachada norte del palacio exhibe también una puerta blasonada que da paso a la capilla y a un patio interior.
La aldea, formada por un pequeño grupo de construcciones de piedra y madera, ha mantenido una población estable y próxima a los sesenta vecinos en los dos últimos siglos, pero en la década de los 70 vio disminuir sus habitantes, que trataban de mejorar su vida lejos de esta región, abandonada y marginada hasta hace muy pocos años. En los establos situados bajo las casas, aún se ven indicios de pequeñas explotaciones ganaderas y a partir del río, una mínima pista conduce a los restos de un mazo donde se realizaban trabajos de forja, una de las labores tradicionales de Los Oscos.

(Pilar Alonso y Alberto Gil)