domingo, 9 de octubre de 2016

Escó - Pueblo abandonado

El esquelético perfil de Escó, encaramado en un cerro junto a los escarpes de la sierra de Leyre, es una de las imágenes más patéticas que ofrece el entorno del pantano de Yesa, que provocó el abandono de éste y otros pueblos de la zona, como Tiermas y Ruesta, al anegar los terrenos de cultivo.  
El origen de Escó se remonta a la época romana, como demuestran los hallazgos descubiertos en su término, que incluyen monedas y un mosaico perteneciente a una villa del alto imperio. Más tarde, en plena Edad Media, estas tierras pertenecían al monasterio de Leyre y en el siglo XIII Escó ya se había constituido como villa. Su condición fronteriza entre estos los reinos de Navarra y Aragón contribuyó a la pujanza del pueblo, que contaba con su Libro de Aduanas, hoy en el archivo de la Diputación de Zaragoza. 
En el siglo XIX la población superaba los 300 habitantes pero un siglo más tarde, en 1970, apenas alcanzaba la docena. Al recorrer Escó, con su caserío escalonado y en peligroso proceso de derrumbamiento, es difícil sustraerse a la desolación y la inquietud que trasmiten sus muros, agudizada por alguna pintada advirtiendo la presencia de "perros sueltos". Sobre las fachadas asoman balcones de enrejado y puertas doveladas, que demuestran la solera de las edificaciones, mejor conservadas en torno a la iglesia, que aún conserva parte del atrio, la nave con su ábside románico y la maciza torre cuadrada. Toda la obra está sujeta por un sólido muro apoyado en contrafuertes que recuerda el primitivo emplazamiento de la fortaleza y sirve como mirador sobre los tejados hundidos y las calles sin vida.
Entre las ruinas ya no se distinguen las dos ermitas del pueblo. Pero si se reconocen los restos de lo que fue un molino harinero, situado al borde del antiguo cauce del Aragón.

( Pilar Alonso y Alberto Gil)

Agramón - Pueblo ferroviario

Los andenes del apeadero de Agramon hace años que ven pasar los trenes de largo y su reloj parado muestra a las claras el declive de una estación que antaño era lugar de parada de numerosos trenes en el trayecto entre Murcia y Albacete.
Sólo el edificio principal, al que acude diariamente un guardagujas, mantiene su aspecto cuidado y un toque de coquetería gracias a su fachada blanca y granate y a la  proximidad de varias palmeras. Alrededor, las agujereadas cubiertas de los almacenes conviven con antiguos depósitos de agua, con singulares construcciones de madera realizadas a base de traviesas y con numerosas viviendas de una sola planta que estuvieron habitadas hasta hace pocas décadas.

Viviendas obreras
Antaño, la población de este núcleo ferroviario alcanzó las cuarenta familias, que vivían repartidas entre las labores del campo y las de la vía. El declive de ambas condujo inevitablemente a la emigración y muchos vecinos acabaron trabajando en Palma de Mallorca en un sector mucho más lucrativo, el turismo. Hoy apenas dos familias mantienen su presencia en el poblado, compuesto por varias naves que tienen el estilo inconfundible de las viviendas obreras de comienzos de siglo, con las puertas y ventanas, ribeteadas con ladrillos. La vegetación llega hasta el mismo borde de las puertas, protegidas en algún caso por grandes hojas de madera. En las estancias, pintadas de azul y cubiertas por tejados que se conservan en buen estado, se adivinan zonas de estar alrededor de la chimenea, dormitorios y patios transformados en escombreras.

(Pilar Alonso y Alberto Gil)


Acín - Pueblo abandonado

La torre de la iglesia, que asoma como un oscuro monolito entre árboles y tupidas matas de arbustos, señala la presencia de la recoleta población de Acin, una de las antiguas cabeceras municipales del valle de Garcipollera. Este valle, incrustado en los Pirineos y de una sosegada belleza, aparece citado en los documentos medievales como Val Cebollera y ya en aquella época reunía numerosas aldeas apiñadas en torno a sus modestos templos románicos. Durante el siglo XIX y pese a la relativa pobreza del suelo, la zona contaba con huertas de legumbres, favorecidas por la riqueza de agua, así como extensos pinares donde los lugareños hacían carbón y cortaban la leña que abastecía a la población de Jaca, las directrices desarrollistas de mediados del siglo XX impusieron la plantación masiva de pinar en todo el valle y durante los años 50 la mayoría de sus habitantes lo fueron abandonando para buscar el sustento en otros lugares. Camino de Santiago  Fue así como entraron en un proceso de ruina imparable Bergosa, Yosa, Larrosa y otros pueblos de La Garcipollera, que ahora apenas exhiben los restos de sus iglesias, en su mayoría del siglo XI, rodeados de casas derrumbadas. Uno de estos pueblos es Acin, al que se llega salvando un terreno muy desigual atravesado por el río Ijuez, que antaño anegaba la zona con sus continuas crecidas. Los restos del pueblo se reducen a algunos tejados y muros de piedra hundidos, que recuerdan un reducido núcleo de viviendas, aunque el pueblo llegó a contar con una escuela "de primeras letras" y una ermita consagrada a San Esteban que ya en el siglo XIX estaba en ruinas. Coronando el cerro sobre el que se alzaba el caserío destaca el perfil de la iglesia parroquial, consagrada a San Juan Bautista y que estuvo dotada de tres altares. Hoy, este templo románico del siglo XII, realizado con una tosca piedra de sillería, solo conserva su bonita torre y los restos de su ábside, pero todavía evoca el pasado medieval de esta aldea lindante con el Camino de Santiago aragonés.

(Pilar Alonso y Alberto Gil)