lunes, 31 de octubre de 2016

Tamayo - Burgos

La localidad de Tamayo se alza al pie de la sierra de Oña, sobre un terreno inclinado y rocoso que contribuye a la bella estampa de su caserío, en el que predominan robustas construcciones de piedra de aspecto medieval.
De hecho, los primeros documentos conocidos sobre el pueblo se remontan al siglo XI, cuando mantenía su independencia frente a Oña, que llegaría a ser una ciudad muy poderosa gracias a las propiedades atesoradas por el importante monasterio de San Salvador.
Esa competencia ha durado diez siglos, pero finalmente parece haberse zanjado a favor del más fuerte, ya que en los años sesenta la falta de luz y agua corriente empujaron a los vecinos de Tamayo a buscar sustento en otras poblaciones, principalmente en la cercana Oña, mejor equipada.
Ahora solo algunos lugareños se acercan a Tamayo de vez en cuando, atienden las huertas e incluso han construido viviendas de ladrillo a las afueras del pueblo, pero el centro de la localidad es un triste conjunto de construcciones arruinadas y calles desdibujadas por la vegetación.
La mayor parte de los edificios datan de los siglos XIV y XV, al igual que la iglesia, que exhibe un hermoso blasón en uno de sus muros. Un camino conduce al cementerio, en lo alto del pueblo y, un poco más arriba, las desnudas paredes de unas torres medievales quedan como única huella de un pasado sin duda más pujante.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)

As Veigas - Asturias

Situada en la región de los Oscos, en el límite con Lugo, fue poblado por los ligures llegados de Italia. La aldea, muy bien conservada, es hoy centro de turismo rural. 
Destaca su iglesia (solo se abre una vez al año, el día de la fiesta en julio). 
Los alrededores son bosques de robles, castaños y avellanos, al lado del río Cabreira, y las casas son típicas, de piedra con tejado de pizarra.

(ABC)

domingo, 30 de octubre de 2016

Eterna - Burgos

Eterna es una localidad y una Entidad Local Menor situadas en la provincia de Burgos, comunidad autónoma de Castilla y León (España), comarca de Montes de Oca , partido judicial de Briviesca, ayuntamiento de Belorado.

Geografía
En el centro de los Montes de Ayago, en la vertiente mediterránea de la Sierra de la Demanda, valle del río Redecilla afluente del Tirón por su margen izquierda. Junto a las localidades de Avellanosa de Rioja, San Cristóbal del Monte y Espinosa del Monte . En el límte con La Rioja.

Historia
Antiguo municipio de Castilla la Vieja en el Belorado, en el Censo de 1842 contaba con 12 hogares y 51 vecinos. Entre el Censo de 1857 y el anterior, crece el término del municipio porque incorpora a Avellanosa de Rioja. Entre el Censo de 1981 y el anterior, desaparece porque se integra en el municipio de Belorado.

Parroquia
Iglesia de San Esteban , dependiente de la parroquia de Belorado en el Arcipestrazgo de Oca-Tirón, diócesis de Burgos.

Según los últimos datos conocidos, su población había descendido de casi 300 habitantes en 1920 a menos de 15 en la actualidad

(Wikipedia)

Gondriz - Lugo

El río Louzara, que transcurre por un estrecho valle sepultado bajo una mata de helechos, nogales y castaños, bordea pequeños pueblos antes de verter sus aguas en el Lor, afluente del Sil. El carácter recóndito del valle ha marginado las localidades ribereñas, que han perdido la mayor parte de su población. Es el caso de Gondriz, cuyo caserío asoma en una pequeña elevación, separada del río por un tupido bosque.

Pupitres de madera
La calle principal es un sendero que transcurre entre robustas edificaciones de piedra oscura, con tejados de pizarra, entre las que destaca la escuela, donde aún son visibles algunos pupitres de madera. En un extremo de la población se alza la iglesia, bien conservada y con una sencilla espadaña que sostiene dos campanas. Junto al templo, el cuidado cementerio permite constatar que los escasos vecinos que aún frecuentan el pueblo mantienen las sepulturas en buen estado.
A la salida del pueblo, una bifurcación conduce hasta el cauce del Louzara, en cuyo margen se alza un hermoso molino que atendía las necesidades de toda la zona.
Además del molino y la ferrería, este núcleo incluye también algunas viviendas de piedra y una hermosa casona, con una galería de madera de un azul muy desvaído por el paso del tiempo. Junto al molino el río fluye inmutable, ajeno al silencio que se ha apoderado de Gondriz.

(Pilar Alonso y Alberto Gil)

sábado, 29 de octubre de 2016

Fuensanta - Albacete

Fuensanta (Albacete), otro caso interesante pueblos abandonados cuyas ruinas nos dan a conocer un pasado de esplendor y bullicio, donde sus calles estaban llenas de movimiento, y cuya vida se articulaba en torno a un lugar de trabajo. El caso de los Pueblos Mineros es muy representativo de este tipo de poblados hoy ruinosos, que surgían en torno a una Mina y que gozaban de importancia hasta que la mina se cerraba o agotaba, lo cual suponía la sentencia de muerte para los mismos.

(Fuente: Jesús Hay)

Acebo - Orense

La localidad de Pombar, un recoleto núcleo rural que forma parte de la Ribera Sagrada orensana, ha sido uno de los destinos de la población que vivía en Acebo, un mínimo caserío de ocho casas emplazado en un paraje solo accesible a pie. La pista que lleva al caserío, tras pasar junto a un viejo molino y bordear un pasillo de hileras de árboles y muros de piedra, transita por un paisaje severo, cubierto de matorral y avivado únicamente por el sonido de los cencerros y los mugidos de las reses que pastan alrededor.
La soledad del lugar apenas deja entrever que estuvo habitado desde tiempos prehistóricos, como acredita la cercanía de las mamoas de A Moura, una forma de enterramiento muy extendida en toda la comarca. La misma aldea de Acebo estuvo habitada hasta hace veinte años por una población que vivía de la ganadería y explotaba un molino harinero al que acudían los lugareños del término. Los restos de aquel molino y de un horno comunal de hacer pan, apenas son visibles junto a un breve regato que pasa por las inmediaciones, en una zona cubierta de castaños. El resto del pueblo tan solo son algunas casas dispersas cuyas paredes de granito se confunden con las piedras nacedizas que salpican el terreno.

Amuletos contra las meigas
Las construcciones, hechas con grandes piedras berroqueñas y cubiertas de teja, conservan sólidos dinteles en puertas y ventanas y exhiben aún restos de los antiguos corrales, hoy invadidos por la hojarasca. En algunos casos los desnudos muros son el único testimonio visible de las viviendas y, en otros, las construcciones parecen haber prolongado su vida convertidas en cuadras y almacenes de aperos. Sobre una puerta descolorida, una simple herradura sirve como ingenuo amuleto protector frente a la amenaza de las meigas.

(Pilar Alonso y Alberto Gil)

viernes, 28 de octubre de 2016

Las Murtas - Murcia

En medio del paisaje árido y desolado del noroeste murciano destacan algunas pequeñas cadenas montañosas, como la sierra del Cerezo, cubiertas por vastos pinares entre los que medran también sabinas, serbales, quejigos y pequeñas manchas de encinar. A los pies de esta sierra se encuentra la aldea de Las Murtas, destruida por un violento incendio que arrasó la zona en 1994 y redujo la mayor parte de los edificios a simples paredes.

Elaboración de resina
Hasta hace poco, Las Murtas era un activo caserío habitado por un centenar de familias, muchas de ellas dispersas en mínimas cortijadas en los alrededores, dentro de una extensísima finca de pinar de un acaudalado francés, llamado coloquialmente Felipe.
Los niños acudían a la escuela y los adultos se dedicaban a la recogida y elaboración de resinas en una fábrica que estaba integrada en el corazón de la finca, conocida como Casas de Felipe, donde también se alzaba la ermita y la vivienda del "amo", un bello edificio precedido por dos palmeras.
El fuego convirtió la aldea en un paraje solitario en el que todavía se aprecian claramente tres núcleos, repartidos en torno al cauce del Murtas. A un lado del río, en una zona en la que se han arreglado algunas casas y se han sembrado huertos, está la casa solariega, con huellas evidentes del incendio en la fachada y en el jardín.
Cerca de la carretera hay otras viviendas que pertenecieron a los trabajadores y, al otro lado del río entre estilizados pinos, hay edificaciones aisladas, pocilgas horadadas en los taludes del suelo y los restos de la fábrica de resinas, en cuyo centro descansa la carrocería de un viejo Dogde carbonizado y cubierto de maleza.

(Pilar Alonso y Alberto Gil)

Adansa - Navarra

Ubicación
Adansa se localiza sobre una meseta en la margen derecha del río Salazar, en el Romanzado. Tomando la carretera que desde Domeño sale hacía Usún enseguida encontramos una pista a la derecha (cerrada al tráfico de vehículos), que es la que permite acceder hasta el lugar de Adansa.

Historia
El caserío de Adansa, con la categoría de “lugar”, pertenece al valle de Romanzado, en la merindad de Sangüesa. Sin embargo su pertenencia siglos atrás a este valle nunca ha estado clara; de hecho en el siglo XIV aparecía como lugar de Lónguida, y poco después figuraba inscrito en Urraul.
Tuvo iglesia dedicada a Santa Engracia, que hasta el año 1042 perteneció al monasterio de Lisabe; pero en tiempos de García Ximenez el mencionado monasterio, con todas sus pertenencias pasó a depender del monasterio de Leyre.
En los años 1366 y 1427 contaba Adansa con tres fuegos hidalgos. En los censos de 1553 y de 1678 aparece con cuatro fuegos. En 1786 tenía 28 habitantes; 20 en 1857; 15 en 1887; 23 en 1920; 12 en 1930; 9 en 1940; 5 en 1950; y aunque en 1960 figuraba con 7 habitantes, para ese año estos ya se habían trasladado a Lumbier, permaneciendo despoblado desde entonces.
El apellido Irigoyen estuvo ligado a la casa principal de Adansa, pero hacia el año 1760 la propietaria contrae matrimonio con un Cabodevilla, siendo ese apellido el que desde entonces está ligado a la propiedad de este coto redondo.

(Pueblos deshabitados de Navarra)

jueves, 27 de octubre de 2016

Arco - Cáceres

La villa de Arco, conocida popularmente como El Arquillo, es un antiguo asentamiento unido a una de las fortalezas que se construyeron durante la Edad Media en esta región que tuvo una fuerte presencia árabe. De hecho, se sabe que el sistema defensivo de la zona incluía el cercano castillo de Portezuelo y el de Alconétar, hoy sepultado bajo las aguas del embalse de Alcántara.
Por su proximidad al Tajo y su situación a más de 800 metros de altura, Arco estaba considerado como uno de los principales alcores (collados) extremeños y una excelente atalaya sobre las calzadas que atravesaban la región. El paso de distintas culturas ha dejado el rescoldo de viejas leyendas y no es de extrañar que existan varias referencias a tesoros escondidos en su entorno.
A comienzos del siglo XIX, Arco contaba con más de doscientos habitantes, repartidos en cuarenta viviendas presididas por la iglesia de la Asunción, que entonces ya estaba en ruinas, realizándose los oficios religiosos en la sala de una casa. El pueblo carecía de escuela y de ayuntamiento, pero contaba con una cárcel improvisada en la vivienda del alguacil, donde había cadenas para los reos de cierta consideración. Éstos no debían abundar, porque la vida de los vecinos transcurría plácidamente dedicada a las tareas agrícolas, incluyendo el cultivo de cítricos y la elaboración de vino para consumo propio. Un horno de pan y una pequeña fábrica de tejas y ladrillos constituían la industria local.

Bandoleros

A mediados del mismo siglo, la calma del pueblo se vio alterada por la presencia de numerosos bandoleros en la zona y sus habitantes fueron empujados a buscar protección en Cañaveral, entonces en pleno auge.
Algunos descendientes de aquellos vecinos mantienen viva la ilusión de recuperar el viejo caserío de Arco y de hecho ya han acometido la rehabilitación de la iglesia y aún siguen celebrando su romería a mediados de septiembre, alrededor de un viejísimo álamo que se alza en una de las encrucijadas del pueblo.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)

Aldehuela de Grio – Zaragoza

También llamado Aldehuela de Santa Cruz, por ser pedanía de Santa Cruz de Grio, se encuentra en la provincia de Zaragoza.
Este bello despoblado se divide en el Barrio Alto y el Barrio Bajo y la calidad de las construcciones en cada uno de los barrios es lo que aporta un contraste mágico a este pueblo de tonos anaranjados. Situado a 78 kilómetros de Zaragoza, este pueblo gozó de vida hasta los años 60-70 donde el éxodo rural, la mala comunicación y la escasez de agua hicieron que muchas familias se vieran obligadas a trasladarse a pueblos mas cercanos como Santa Cruz de Grio.
La disposición del pueblo es escalonada y en una ladera que parece resguardar del frío y del famoso cierzo aragonés. En la parte baja del pueblo encontramos la fuente con forma de capilla y en la parte alta encontramos la Iglesia de San Bartolomé, realizada durante los siglos XIII y XIV de la que aun se conserva el retablo aunque los demás bienes fueran trasladados a la parroquia de Santa Cruz de Grio.
Algunos vecinos siguen acudiendo al pueblo para llevar a cabo quehaceres agrícolas o como lugar de retiro veraniego.

(Pueblos del olvido)

miércoles, 26 de octubre de 2016

Alcedo de los Caballeros - Asturias

Alceo de los Caballeros o Alcedo de los Caballeros es un pueblo abandonado del concejo de Lena, situado a 650 m de altitud en. El nombre del lugar da idea de la presencia en él de los Templarios (no hay que olvidar que el Camino Francés del Camino de Santiago pasa por las cercanías), mientras que el topónimo Alceo se refiere a las encinas. En él perviven varias casas de piedra y una capilla. El lugar quedó abandonado en los años sesenta. 

(Asturnatura)

Tolmo de Minateda - Albacete

Las casas-cueva del tolmo de Minateda son un ejemplo muy singular de pervivencia de un núcleo habitado desde la época de los iberos, en que buena parte del cerro estuvo ocupado por un pueblo fortificado que más tarde fue asentamiento visigodo y posteriormente musulmán. Los restos de aquella población están siendo objeto de continuas excavaciones y hasta la fecha han permitido descubrir varios abrigos con pinturas rupestres de tipo levantino, tumbas antropomórficas excavadas en la roca, restos de viviendas, prensas, silos e inscripciones romanas.

Puesto de vigilancia
El emplazamiento del recinto en la zona más alta del cerro lo convertía en un excelente puesto de vigilancia sobre el entorno, alterado hoy por el trasiego de la cercana carretera nacional que une las capitales de Murcia y Albacete.
A los pies del montículo se encuentran las casas-cueva, que han permanecido habitadas hasta los años 70 y esporádicamente han cobijado a emigrantes magrebíes, cuya escritura se puede observar en las paredes.
Las viviendas, materialmente incrustadas bajo gigantescas piedras, aprovechando sus huecos, no son más que simples habitáculos que sólo se distinguen de las cuevas prehistóricas por la presencia de viejos zapatos, frascos de colonia o ajadas prendas de vestir sobre el suelo de tierra. Pero en algunos casos cuentan con fachadas de obra y tabiques que dividen las estancias y en los que algún lugareño nostálgico ha dejado testimonio de su paso: "Aquí nací yo... el día 7 de febrero de 1909. Sólo he venido a sacar unas fotos de este pintoresco hotel, como recuerdo, en compañía de mi mujer".

(Pilar Alonso y Alberto Gil)

Peñarrubia - Málaga

Peñarrubia (Málaga) otro más

Fuente: Por los caminos de Málaga

En los años setenta, los vecinos de Peñarrubia (Málaga) tuvieron que desalojar la localidad, con motivo de la construcción del embalse de Guadalteba, que anegó gran parte del término municipal. El campanario resistió el paso de los años por encima del nivel del embalse hasta que hubo que derribarlo. La sequía permite que en ocasiones asomen los restos de la iglesia y el cementerio.

lunes, 24 de octubre de 2016

El Cañizar - Cuenca

La aldea de El Cañizar, rodeada de un paisaje de pinos y rocas torturadas por la erosión, es un caserío desperdigado que se reparte en tres núcleos en las proximidades de la sierra de Cuerdas, en un pequeño valle trazado por el río Cabriel a su paso por la serranía de Cuenca.
En la parte baja del valle, una extensa finca de labor presidida por una chimenea revela la presencia de una antigua fábrica, dedicada a la producción de alcanfor, aguarrás y otros productos a partir de las resinas que se obtenían en el término. De hecho, todo el caserío de El Cañizar estaba integrado en una finca de Unión Resinera Española, en la que llegaron a trabajar más de cuarenta familias dedicadas a la recogida manual de la resina, vertida por los pinos en sus cacillos y trasladada penosamente hasta la fábrica en latas de 25 kilogramos.
La decadencia de esta industria produjo la desaparición de los puestos de trabajo y el núcleo fabril pasó a ser un conjunto de añejas edificaciones entre las que todavía se distinguen los hornos, la capilla, la refinería e incluso una pista de tenis en la que, según cuentan, Manolo Santana dio sus primeros raquetazos.
Sobre un alto, hay un segundo grupo de construcciones que sirvieron para guardar ganado, y algo más retirado, coronando un cerro, se encuentra el barrio del Hospital, así llamado porque jugó este papel durante la Guerra Civil asistiendo a los soldados heridos del frente de Teruel. Esta barriada está integrada por caserones de tres plantas, en torno a un patio sepultado por la maleza. El interior de los edificios, con restos de escaleras, chimeneas, estucos y suelos arrancados, permite adivinar estancias cuidadas y elegantes. A duras penas, las paredes mantienen cierta blancura pese a las firmas de quienes han querido dejar testimonio gratuito de su paso por este lugar.


( Pilar Alonso y Alberto Gil)

El Calabacino - Huelva

La aldea de El Calabacino está formada por un núcleo de casas aisladas y dispersas que asoman entre el arbolado, un rincón idílico que saca buen provecho de la abundancia de agua y el clima benigno de este pequeño valle escondido al pie de la Peña de Arias Montano. El lugar podría ser un escenario perfecto para algún pasaje de Rousseau sobre el "buen salvaje" y de hecho, en los últimos años se ha convertido en lugar de estancia de una nutrida comunidad hippie que ha emprendido el arreglo de algunas viviendas con soluciones más o menos afortunadas.
El camino hacia la aldea, sombreado por hermosos árboles, ya anticipa el encuentro del viajero con un lugar mimado por la naturaleza, con bancales en pendiente cubiertos de vegetación y protegidos por muros de piedra en los que sobresalen higueras, nogales y los troncos retorcidos de alcornoques centenarios. Casi al final, un arroyo se cruza con el sendero junto a una fuente de aguas impolutas consagrada a San Amaro. A partir de aquí, el camino se ramifica en veredas cubiertas de maleza, que alguna vez sirvieron como calles y suben y bajan acoplándose al terreno.
Según parece, el abandono del lugar, habitado desde el siglo XV, se produjo a lo largo de los años setenta, cuando la falta de servicios desplazó a sus habitantes a Alájar donde habían quedado muchas viviendas desocupadas a causa de la emigración de la gente del pueblo a otros lugares. Durante los ochenta, El Calabacino estuvo deshabitado y a finales de esta década se inició una lenta repoblación con sus nuevos inquilinos, que ocasionalmente han recurrido a la energía solar para suplir las carencias de las viviendas. Éstas son construcciones muy elementales, con blancos muros animados por el colorido de algunas matas de flores y rodeadas de huertas o jardines que se funden con la vegetación del entorno.

Una romería popular
En lo alto de este núcleo de urbanismo improvisado se alza la ermita de La Trinidad, un original edificio datado en 1749 y realizado con una mezcla de mampostería y arcilla roja. El templo de planta cuadrada y con el añadido de una pequeña sacristía, perdió sus objetos de valor durante la Guerra Civil, pero aún se conserva en buen estado y en octubre es objeto de una romería popular que congrega a los antiguos habitantes de la aldea.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)

domingo, 23 de octubre de 2016

San Vicente de Munilla - La Rioja

Quedó totalmente abandonado en los años sesenta debido a la emigración. Luego llegaron «okupas» que rehabilitaron algunas casas, y se creó una Asociación de Amigos de Munilla, que arregló otras. 
Destaca la iglesia de San Vicente (del XVI) y una ermita (restaurada) en lo alto del pueblo. 
Está situado en el Valle del Cidacos, conocido como el Valle de los Dinosaurios por las numerosas huellas de estos animales.

(ABC)

Sarsa de Surta - Huesca

La llegada a Sarsa de Surta, bordeando el cauce del Vero antes de que este río inicie su viaje entre gargantas, anticipa el paisaje agreste y recóndito de la sierra de Guara, un macizo prepirenaico surcado por profundos cañones que se han convertido en destino habitual de los aficionados al barranquismo y los trayectos en piragua.
El pueblo, que descansa en una hondonada sobre la que despunta la aguja de la iglesia, está repartido en tres barrios, el primero de ellos formado por un mínimo núcleo de Casas junto al río. Éste se cruza por un gracioso puente medieval de piedra que conduce al barrio más importante, asentado alrededor del templo parroquial mientras a lo lejos asoma otro grupo de casas, utilizado esporádicamente como campamento.

Origen medieval
La dispersión del caserío parece reforzar la tesis de que en sus orígenes estaba formado por dos pueblos, Sarsa y Surta, que se unieron hacia el siglo XI, época en la que ya está documentada la existencia de la localidad. Hacia el siglo XV contaba al menos con 20 hogares y hacia 1930 tenía cerca de 400 vecinos. Pero como en muchos otros pueblos de la zona, que concentra numerosas aldeas abandonadas, la falta de luz y agua corriente provocaron una continua diáspora de las familias y en 1972 quedó desierto.
El recorrido por el caserío todavía evoca su origen medieval, que se ha mantenido a salvo en algunas edificaciones muy representativas de la arquitectura del Sobrarbe. Las viviendas han sido reformadas con mayor o menor fortuna, pero entre los detalles constructivos aún es posible descubrir restos de pozos, hornos de pan, estrechas ventanas góticas o puertas con arcos de dovelas.
En lo alto se alza un caserón de buen porte con una cuadra aneja y la parte baja está presidida por el templo parroquial, de un depurado románico rural, con una nave de 20 metros de longitud que guarda cuatro capillas embutidas en los muros. La esbelta torre forma parte de la construcción primitiva, de finales del siglo XI y conserva  las estrechas ventanas geminadas.
Junto a la iglesia aún se pueden ver los restos del cementerio, con sus nichos cubiertos de tejadillos.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)

sábado, 22 de octubre de 2016

Poblado minero de Rodalquílar - Almería

En 1998 las excavadoras ponían fin a este poblado minero de más de 60 años, derribando gran número de viviendas y llevando a cabo una operación drástica de desalojo de sus ocupantes. Se cerraba así, arbitrariamente, un capítulo en la historia de un singular barrio fundado para albergar a los trabajadores de la explotación del cercano cerro del Cinto, donde se había obtenido cuarzo rico en oro.
Antaño, Rodalquilar era una aldea de pescadores, pero a partir de 1926 comenzaron las extracciones de mineral a cielo abierto, que inicialmente estaban en manos de una firma inglesa y fueron incautadas por los trabajadores durante la Guerra Civil. Al finalizar ésta, las minas pasaron a ser propiedad del Estado pero la obtención del oro, que se había mantenido en torno a los 5.000 kilos anuales, fue descendiendo y dejó de ser rentable. En 1966 las minas se cerraron definitivamente y la población de Rodalquilar pasó de 1.300 a 300 habitantes.
En los últimos años, el primitivo núcleo de pescadores se ha convertido en una zona de chalets, mientras que el poblado minero pasó a ser habitado por numerosas familias, algunas emparentadas con sus anteriores ocupantes. La destrucción de las casas ha convertido el lugar en un cúmulo de cascotes sobre los que avanza la vegetación y muros en los que aún se observan pintadas de protesta.

Instalaciones ruinosas
El poblado, asentado en un llano, estaba formado por hileras de viviendas de una planta, con un patio ajardinado y agrupadas en pequeñas manzanas. En cada esquina del barrio había una escuela, lo que da idea de una abundante población infantil, y fuera de este recinto estaban las casas de los técnicos y otros edificios como el casino, la iglesia, el economato y el cuartel de la Guardia Civil.
Cerca se alzan las edificaciones mineras, con sus estructuras de hormigón y los esqueletos de sus torreones a media ladera. Las instalaciones, peligrosas a causa de los pozos y las galerías, incluyen grandes depósitos circulares destinados a tratar el mineral, así como la nave de los talleres, en la que se pueden ver restos de expositores e incluso una caja de caudales.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)

Santa María de Buil - Huesca

En las laderas del cerro de Santa Cruz, elevado como una atalaya sobre los campos de labor, se asienta Santa María de Buil, población que en los siglos X y XI tuvo una notable importancia en el Sobrarbe, hasta el punto de que jugó el papel de capital de la comarca mientras Aínsa estaba en poder de los musulmanes. Su situación estratégica en el reino de Aragón y su emplazamiento a más de 900 metros de altitud, que permite tener una amplísima panorámica del entorno, hicieron de este núcleo un enclave privilegiado, coronado por un castillo del que apenas quedan restos.
El caserío se reparte en dos parroquias muy características. Nada más entrar en el pueblo se encuentra el barrio de San Martí, en torno a un magnífico templo del siglo XI declarado monumento nacional en 1976 - atendido por una agrupación de antiguos vecinos del pueblo que han evitado su ruina. La construcción, de tipo románico lombardo, es una de las más antiguas de este estilo en Aragón y, aunque fue modificada con poco acierto en el siglo XVII, todavía exhibe su planta de basílica. La solución de la torre, en cuya base se encuentra el atrio, se anticipó a su época influyendo en otras iglesias de la región.
Alrededor del templo se pueden ver algunas hermosas casas del siglo XVI, en las que se aprecian chimeneas, pozos y terrazas y que están siendo utilizadas esporádicamente por sus dueños. Desde este barrio se accede al de Santa María, situado en lo alto del cerro en torno a otra iglesia de gran tamaño, en estado ruinoso y terriblemente saqueada. Junto al templo se alzan el crucero y los muros del antiguo cementerio, y en dirección a la cima, el barrio apenas se mantiene en pie, con las paredes de piedra invadidas por una vegetación intransitable.

(Pilar Alonso y Alberto Gil)

viernes, 21 de octubre de 2016

Avellanosa de Rioja - Burgos

Avellanosa de Rioja presenta uno de los conjuntos tradicionales urbanos mejor conservados de la provincia de Burgos. Unido a Eterna, que a su vez es pedania de Belorado, el pueblo está situado en un estrecho valle abierto por el río Reláchigo. Tradicionalmente agrícola y ganadero, llegó a tener 50 habitantes en el primer tercio del siglo XX, pero fue paulatinamente abandonado desde los años sesenta. Pese a ello, los hijos de Avellanosa se han preocupado de impedir que, como ha sucedido en muchos otros casos, la ruina se apoderase de la localidad. De esta forma, hoy día presenta una fisonomía urbana que lo distingue de la práctica totalidad de los pueblos burgaleses. En la iglesia de San Esteban destaca su esbelta torre-campanario de planta cuadrada, con características muy singulares. Templo de nave única, ábside recto y sacristía, en su fachada norte se adosa el cementerio. En su interior, guarda un retablo mayor neclásico dedicado a la Santísima Trinidad y otro menor dedicado a la Virgen del Rosario. Los propios vecinos emprendieron en 2009 la tarea de reforzar y restaurar la ermita de la Santísima Trinidad.

ARQUITECTURA POPULAR
Sus casas responden al modelo más primitivo de vivienda popular imperante en la comarca del alto Tirón. El elemento constructivo protagonista en Avellanosa es el entramado de madera relleno de adobe y en algunos casos, con ladrillo de tejar. Todas las edificaciones cuentan con un zócalo ejecutado con cantos rodados y están cubiertas con tejados a dos aguas, que además presentan amplios aleros con canes de madera trabajados y tallados. Las influencias provienen de la arquitectura popular de la Bureba.


(Pueblos abandonados y despoblados)

A Valia - Asturias

El bullicioso cauce del Agüeira, que recoge sus impolutas aguas de pequeños arroyos en este rincón de Los Oscos, ha creado un entorno idílico a su paso por A Valia, una aldea integrada apenas por tres casas, una capilla derruida y restos de otras construcciones, cuyos orígenes se remontan al siglo XIII. Algo de esa atmósfera medieval se respira aún en este núcleo de pizarra y piedra oscura, que asoma entre el arbolado como el escenario de una leyenda artúrica y que, por la pureza de su arquitectura, ha sido catalogada como conjunto histórico-etnográfico de interés.
Desde tiempos remotos, A Valia estuvo habitada por una población estable que ocupaba tres casas y algunas cabañas, hoy desaparecidas, y que a mediados del siglo XX se reducía a 16 habitantes. La economía de la aldea se mantuvo gracias a la agricultura y a la industria de la forja, realizada con ayuda de un mazo movido por la corriente del agua. Pero la crisis de ambas fuentes de riqueza produjo el abandono de la aldea.
Hoy, la única huella visible de la herrería son los restos de la canalización del mazo y un curioso blasón que se conserva en la casa principal, en el que figura la palabra Vizcain, tal vez porque la mayoría de los herreros procedían de Vizcaya. La influencia vasca se hizo presente en el nombre que se daba en la comarca a los artesanos de las herrerías, llamados "arozas" (de arotz, herrero en euskera).
El otro testimonio de que esta aldea estuvo llena de vida es el molino de grano, una minúscula construcción junto al río. En lo alto del caserío quedan las paredes y restos del campanil de la capilla, una modesta obra de piedra datada en 1766 y, al otro lado del valle, sobre un altozano, se levanta As Casias, un caserón acompañado de un hórreo de buen porte.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)




jueves, 20 de octubre de 2016

Cortijos Nuevos - Jaén

Desde hace muchos años, Manuel es el único habitante de Cortijos Nuevos, aldea asentada cerca del cauce del Guadalimar y a poca distancia de la carretera N-322 que une Bailen con Albacete. La mayor parte de sus convecinos se marcharon con las grandes oleadas de emigración repartiéndose por destinos tan dispares como Francia, Barcelona, Alicante,... o en el mejor de los casos se quedaron a vivir en Puente de Génave, donde podían disponer de una casa con luz y agua corriente, lujos de los que carecía Cortijos Nuevos, que se abastecía con agua de lluvia almacenada en un aljibe.
La cercanía del río y la tradición agrícola de la zona habían permitido que la aldea viviera tiempos mejores y tuviera hasta un centenar de habitantes, dedicados al cultivo de olivos y cereales. Incluso en épocas no muy lejanas se construyó una escuela después de que los niños asistieran al aula improvisada en una casa particular. El edificio escolar, que incluye la vivienda del maestro, se alza junto a una capilla y es la única construcción reciente en medio de un caserío que conserva en buen estado su arquitectura tradicional. El núcleo urbano carece de calles propiamente dichas y está integrado por manzanas desiguales que agrupan diversas viviendas, creando un bonito juego de muros y tejados a distintas alturas. La mayor parte de las construciones contaban con zonas destinadas a usos muy diferentes: la vivienda, el patio, los establos y los graneros. Éstos últimos podían llegar a tener dos plantas, comunicadas entre sí por una escalera exterior. La solidez de los muros, hechos con piedra de mampostería, ha preservado en parte los edificios, que a veces siguen siendo utilizados por sus dueños como almacenes y entre los que destaca un caserón de gran tamaño, que estuvo habitado por el vecino más rico del pueblo, arruinado, según cuentan, por su carácter mujeriego.

Tráfico lejano
En el recorrido de la cortijada, los hornos abandonados y las aventadoras cubiertas de herrumbre, que asoman bajo los tejadillos de los corrales, evocan otros instantes en la vida de esta aldea. Unos instantes cuyos últimos rescoldos son los ladridos de los perros y la presencia del solitario y locuaz Manuel, amigo de charlar con el visitante -e incluso de ofrecerle vino y fruta- y capaz de reconocer que ha pasado miedo alguna noche, cuando la oscuridad cae sobre las casas. Mientras, a lo lejos se observa el incesante tráfico de la carretera nacional, como una ironía del progreso.

(Pilar Alonso y Alberto Gil)

Albalate de Tajuña

Albalate de Tajuña es un despoblado en el término municipal de Luzaga, en la provincia de Guadalajara (España). Se situaba a medio camino entre Luzaga y Cortes de Tajuña. Se trataba de una pequeña aldea de unas pocas casas de la que tan solo se mantiene en pie parte de la atalaya, la ermita dedicada a San Roque y el molino.

(Wikipedia)

miércoles, 19 de octubre de 2016

Malgrat - Lérida

La localidad de Malgrat, encaramada a más de 800 metros de altitud en el angosto valle de Aguilar, por el que transcurre el río de La Guardia, es una sombra del pasado, un cúmulo de paredes de piedra que apenas permiten reconocer una docena de casa totalmente arruinadas.
La espesura del matorral, que se ha adueñado del caserío hasta taparlo casi por completo, dificulta incluso su localización en una de las laderas del valle, a la que se accede por una pista desdibujada entre la hierba, que atraviesa antiguas terrazas de cultivo y acaba en una amplia era.

Románico rural
Una vez en la aldea, el viajero intenta adivinar la fisonomía de las veredas y los edificios, entre los que destaca la sencillísima Iglesia de San Bartolomé, un interesante ejemplo de románico rural presidido por un mínimo campanario y que aún conserva el ábside. Este templo formaba parte de un conjunto de iglesias dispersas por la sierra de Ares, entre las que se encontraban tambien Santa Leocadia de Bellpui y Sant Martí de Barén. Junto al ruinoso ábside, una desvencijada puerta de madera conduce al antiguo cementerio, que se asoma al resto del pueblo, escalonado en la pendiente sobre un bellísimo abismo vegetal.
La acusada inclinación del suelo fue seguramente una de las razones del abandono, allá por los años 50, cuando la imposibilidad de utilizar maquinaria hizo excesivamente penosas las labores del campo. La falta de luz y agua corriente hicieron el resto y Malgrat pasó a engrosar el nutrido grupo de pueblos deshabitados.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)

Los Linarejos - Jaén

El emplazamiento de Los Linarejos, una bonita cortijada que se alza a más de 900 metros de altitud en un paraje recóndito de la sierra de Segura, produce en el visitante una mezcla de emoción y sorpresa. Alrededor del caserío, asentado en una pequeña planicie sobre un cerro, se alzan varios montes que superan los 1.300 metros y envuelven la aldea formando un semicírculo, como una especie de manto protector cubierto de pinares. En este valle cerrado, algunos arroyos bajan por las agudas pendientes de las laderas y se unen en las cercanías de la aldea para formar el río Orcera.
La abundancia de agua en el entorno no impidió que, paradójicamente, el lugar quedara despoblado a comienzos de los ochenta por problemas de abastecimiento. Con anterioridad, el aislamiento ya había provocado la marcha de algunos de sus habitantes, pero la mayor pérdida de población se produjo en 1981, en que se secó la fuente del pueblo, de cuyo caño mana hoy un escueto chorro de agua.

Rigores invernales

La subida al pueblo, lleva directamente al principal núcleo de casas, un conjunto bien conservado atravesado por dos callejones recoletos que se cruzan en el centro del caserío. La mayor parte de las viviendas, que no superan la veintena, tienen salida a estas dos calles y muestran aún sus muros en buen estado, blanqueados con cal y hechos con piedra, barro y pizarra. Una hilera de cuadras protege la aldea respecto a la zona más desguarecida del valle y ante la dureza de los rigores invernales.
Las viviendas suelen tener dos pisos, el bajo con dos dormitorios y una cocina con salida al corral, y el alto destinado a granero. La presencia de chimeneas y el reducido número de ventanas, de pequeño tamaño, eran la única forma de conjurar el frío. Por lo demás, las casas carecían de agua corriente y de luz eléctrica. El patrimonio familiar se limitaba a unos cuantos animales de granja y a los breves terrenos de huerta que rodean el pueblo.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)




martes, 18 de octubre de 2016

Foncebadón - León

El continuo paso de los peregrinos que hacen este tramo del Camino de Santiago, tal vez uno de los más duros de la ruta jacobea, es lo único que altera la quietud del pueblo de Foncebadón, habitado en los últimos 25 años tan solo por una anciana y su hijo que aún trabajan las tierras con ayuda de un arado romano.
El clima frío y la pobreza del suelo, que producía únicamente centeno, patatas y forraje, contribuyeron al abandono de la localidad, pese a que a mediados del siglo XIX tenía más de 180 habitantes y en el año 1900 había alcanzado los 215 vecinos.
La historia del término está documentada en el año 946, en que se hizo donación de estas tierras al monasterio de Santa María de Tabladillo. Un siglo más tarde, el ermitaño Gaucelmo fundó aquí un albergue de peregrinos y comenzó a surgir el caserío, que creció alrededor del templo parroquial. En el siglo XIII el pueblo había alcanzado cierta importancia en la ruta jacobea y contaba con cuarenta y tantas casas, una abadía, hospitales y albergues de peregrinos, hoy ilocalizables entre los cascotes y la vegetación que se ha ido adueñando de las paredes.

Cruz de madera
Nada más entrar en el pueblo, en medio del camino y sobre un pedestal se alza una tosca cruz de madera, como advirtiendo al viajero de que transita por un escenario impregnado aún de cierto misticismo. A continuación, la calle principal sube entre cuadras y casas de piedra, cubiertas por techos ruinosos en los que se mezclan los materiales más diversos: paja, madera, pizarra y uralita. El centro del pueblo está ocupado por la iglesia de San Salvador, que exhibe su modesto campanil y está sometida actualmente a una rehabilitación "in extremis".
Tras bordear la iglesia, el Camino de Santiago sigue su andadura hacia el alto de Foncebadón y antes de dejar el pueblo, otra cruz de madera despide al viajero junto a unos tristes cercados de piedra.


( Pilar Alonso y Alberto Gil)

Las Casillas - Granada

La aldea de Las Casillas es un encantador caserío asomado a un espectacular valle que cae abruptamente sobre la costa granadina. Los montes que rodean el lugar, de buenas dimensiones, hacen de él un enclave minúsculo que se distingue gracias a las paredes blancas de las construcciones, apenas una mancha de claridad sobre los tonos oscuros de la tierra y las sombras de los barrancos que rodean la aldea y canalizan algunos pequeños arroyos. Precisamente en uno de ellos se encuentra el molino harinero, del siglo XVIII, accesible desde una pista próxima a la localidad.
El pueblo, abandonado hace más de 25 años a causa de su dramático aislamiento, está formado por dos hileras de construcciones muy pobres que aprovechan un repecho en los desniveles del terreno, flanqueadas por sendos callejones que atraviesan el caserío a lo largo. La calle central es la que ofrece un aspecto más desolador, con las fachadas de las casas en estado totalmente ruinoso, los muros en los que apenas se distinguen restos de alacenas y los suelos en un imparable y peligroso proceso de hundimiento.

Huertos y chumberas
En la otra calle, las edificaciones se conservan algo mejor y exhiben sus cubiertas de teja árabe y su rústica carpintería de madera. Al pie del caserío, un grupo de paredes de piedra y vigas de madera desmoronadas recuerdan vagamente la existencia de unas cuadras y la actividad ganadera del pueblo, también evidente en los establos que ocupaban los bajos de algunas viviendas.
Hoy, la única huella de la presencia humana en el entorno son pequeños huertos de patatas, tomates y pimientos, que comparten el terreno con los bancales de almendros, las masas de chumberas y las esbeltas pitas que han ido acaparando el paisaje. A lo lejos, el ruido de las esquilas de las ovejas rebota contra las laderas y alivia momentáneamente la soledad del valle.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)

lunes, 17 de octubre de 2016

Torrecilla del Ducado - Guadalajara

Pueblo pequeño, del centro peninsular que a mediados del siglo pasado pierde toda su población. Es la tónica general de mucho municipios que a pesar de estar bien comunicados y cerca de núcleos habitados (como es este caso) pierden su población en favor de las grandes ciudades.  Desde 1960 no habita nadie.

(Clubrural)

Las Ruedas de Enciso

Próximamente, la construcción de un pantano en el curso del Cidacos sepultará bajo las aguas a la pequeña localidad de Las Ruedas, un núcleo dependiente de Enciso y situado en la divisoria entre las tierras de La Rioja y de Soria. Pasará así a la historia esta población que hace poco más de un siglo llegó a contar con más de treinta casas y cerca de un centenar de vecinos, que entonces sacaban buen provecho de las aguas del río destinándolas al riego de cereales, legumbres y árboles frutales.

Fábrica de luz
La viveza del cauce a su paso por el pueblo mantenía en activo varios molinos harineros y algunos batanes que contribuyeron al auge de la industria textil en el valle. Una de estas construcciones, todavía visible, es la que se conocía como el molino del Gil, destinado a la producción de energía hidráulica, que suministró luz a varias aldeas del entorno.
El paseo por Las Ruedas produce una cierta desazón a la vista de estos edificios resignados a su destino. En la parte alta del pueblo se concentran las cuadras, escalonadas en una ladera próxima a la carretera, y junto a ésta, la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios muestra su aspecto imponente y decrépito y conduce a la calle principal, flanqueada por varios caserones de piedra, algunos con las fachadas revocadas.
Al inicio de la calle, un mojón de cemento sostiene un simple grifo, a modo de fuente, y un cartel destartalado da la bienvenida a los visitantes con una peculiar ortografía. La misma calle conduce a las proximidades del río, donde se pueden ver algunos edificios rehabilitados que buscan cobijo, inútilmente, a la sombra de una tupida alameda.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)

domingo, 16 de octubre de 2016

Aloz - Navarra

Aloz está situado en el valle de Lónguida, dentro de lo que era el término de Itoitz, concretamente entre Orbaiz y Zazpe. La construcción del embalse de Itoitz dejó este despoblado en la misma orilla del embalse.
 

Historia
La primera referencia documental que nos habla de este antiguo lugar de señorío nobiliario data del año 1203, que es cuando su titular, Sancho de Aloz, dona el lugar a Santa María de Roncesvalles; ese documento nos permite también conocer que en aquél momento cultivaban sus tierras dos villanos de Górriz.
El Libro de Rediezmo del año 1268 le imputa una renta eclesiástica de 2 cahíces, 2 robos, y 3 cuartales de trigo. En 1366 consta que estaba despoblado este lugar, aunque a la vez se informa que en este mismo año existía allí una casa u “hospital”. En 1646 había 1 fuego; en 1786 había 5 habitantes, y en 1824 constaban 6 vecinos censados. A partir de entonces quedó considerado como despoblado.

(Pueblos deshabitados de Navarra)



Aldealcardo - Soria

Tan solo la tradicional placa situada a la entrada de los pueblos identifica a la localidad de Aldealcardo y permite deducir que no hace tanto tiempo estuvo habitada, antes de que sólo se oyera graznar a los grajos mientras sobrevuelan los tejados hundidos al atardecer, cuando el sol se cuela por los huecos de las ventanas,proyecta sobre la maleza unos desconcertantes juegos de luces y sombras, triste patrimonio de estos caseríos que han quedado a la intemperie.
Hace décadas, la aldea contaba con 25 casas de pobre construcción, habitadas por un centenar de vecinos que sacaban buen partido de la calidad del terreno y utilizaban los abundantes manantiales para las casas y el riego de las huertas. El aprovechamiento de los pastos para el ganado, la utilización de la madera y la siembra de cereales, hortalizas y frutas garantizaban la subsistencia durante todo el año. A mediados del siglo XX, las repoblaciones acometidas por el Estado rompieron ese equilibrio y, una tras otra, las familias abandonaron Aldealcardo.

Huesos humanos
Hoy el trazado del caserío es un laberinto de paredes hundidas y calles forradas de vegetación, en el que apenas destaca un caserón algo más entero. Aislados del pueblo se encuentran el cementerio y la monumental iglesia, una de cuyas paredes sirvió como frontón.
El edificio conserva elementos góticos en el coro bajo y una escalera de piedra berroqueña que sube al campanario. El pulpito arrancado, los altares reventados y la desnuda sacristía ofrecen un patético espectáculo de saqueo que afectó también al enlosado y dejó al descubierto huesos humanos de pasados enterramientos.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)

sábado, 15 de octubre de 2016

Los Llazos - Palencia

Cuando la niebla cubre la pequeña localidad de Los Llazos, encaramada en la ladera de un monte y rodeada por el bucólico paisaje de pastizales de Peña Tremaya, el viajero tiene la sensación de encontrarse ante una aparición fantasmagórica, una especie de pueblo espectral sometido a alguna rara maldición. Sólo la presencia de dos o tres vecinos conjura esa atmósfera de escenario de cuento, más propia de una leyenda celta que de un núcleo rural de la montaña palentina.
Hace más de un siglo, Los Llazos contaba con casa consistorial, iglesia, escuela y una decena de viviendas ocupadas por otras tantas familias dedicadas al cultivo de cereales y lino, a la cría del ganado y a la pesca de truchas y cangrejos en el Pisuerga, que tiene su nacimiento en la cercana cueva del Cobre.

Manadas de lobos
Los cursos de agua, abundantes en la zona, permitían además el funcionamiento de dos molinos harineros y el relieve montañoso era muy propicio para la caza, en una época en la que abundaban los corzos y algunas manadas de lobos recorrían la región sembrándola de leyendas.
La dureza del clima y la escasa productividad del terreno provocó el lento despoblamiento de la aldea y hace algunas décadas ésta pasó a ser un silencioso conjunto de casas de piedra, escalonadas en una pendiente a los pies del cementerio, y presidido por la iglesia de San Martín, único vestigio de años mejores. Ésta es una curiosa construcción en la que destaca la espadaña, con tres campanas a las que se accedía por una plataforma de madera y una torre con escalones de piedra, vencida por las inclemencias del tiempo.

(Pilar Alonso y Alberto Gil)


viernes, 14 de octubre de 2016

Garranzo - La Rioja

Cuenta la leyenda que el núcleo de Garranzo, emplazado en un paraje rodeado de encinas y a los pies de un hermoso hayedo, quedó deshabitado a causa de una invasión de termitas. Desde luego, al avistar su caserío, bien conservado y empapado de un silencio absoluto, cualquier viajero concluiría que acaba de ser abandonado por una población que apenas ha tenido tiempo de recoger sus trastos y dejar las casas vacías.
Al acercarse la impresión es muy distinta, las calles se abren paso con dificultad entre algunas praderas destinadas al ganado y las viviendas muestran su decadencia, iniciada en los años 60, cuando los vecinos se desplazaron a otros pueblos más favorecidos de la región.
Durante los siglos XVII y XVIII se produjo el auge de la ganadería en la zona y surgió una rica industria que aprovechaba los cauces de los ríos para construir batanes y elaborar paños que se llevaban en carretas a todo el país. Los pueblos de la comarca estaban volcados en la ganadería trashumante, de la que surgió la figura del "chamarito", pastor que conducía rebaños de chamaritas, una variedad autóctona de la oveja churra. Pero también los telares daban ocupación a numerosos trabajadores, principalmente mujeres.
Una de estas fábricas se encontraba precisamente en Garranzo, que además de obtener ingresos de la producción de lienzos y sayales, vivía del cultivo de la tierra, de la que obtenía cereales y productos de huerta.

Crisis textil
La crisis de la industria textil en Munilla y en Enciso, donde trabajaban muchos vecinos del valle, supuso el comienzo de la decadencia de numerosas aldeas, algunas recuperadas en los últimos años por vecinos de fin de semana. Garranzo no ha corrido esta suerte y pese a la belleza del entorno, ofrece la desolada estampa de sus caserones, algunos con los establos en uso y la patética iglesia parroquial, convertida en cuadra y exposición de grafittis y acompañada de una hermosa encina centenaria.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)

Ochate - Burgos

A diferencia de muchos otros pueblos abandonados, Ochate está impregnado de una cierta aureola de malditismo y permanece unido a antiguas leyendas de hechicería y almas en pena que, según la tradición, vagan por este caserío desde que fue asolado por una epidemia de peste.
Semejante legado fantasmagórico ha tenido su puesta al día con una cierta fascinación entre los aficionados a los ovnis, que han llegado a convertirse en asiduos visitantes del lugar provocando algún desaguisado y el consiguiente recelo de los pueblos limítrofes.
Sin embargo, hace más de un siglo la vida cotidiana en Ochate no podía ser más sencilla. Apenas una treintena de vecinos, repartidos en siete casas, ocupaban su tiempo en cultivar trigo, centeno y otros cereales, y regar algunos pequeños huertos de habas, patatas y frutales con ayuda de un regato que bordeaba el pueblo recorriendo un profundo barranco. Sobre un monte cercano, poblado de robles y hayas, se alzaba la ermita románica de la Asunción y en medio del caserío, el templo parroquial de San Miguel, presidido por una estilizada torre.

Una torre solitaria
Las ruinas del pueblo, ya deshabitado a comienzos del siglo XX, apenas permiten imaginar su configuración en el pasado. Un núcleo disperso de edificaciones, con algunos establos, rodean la enhiesta torre de la iglesia, que se alza como un faro o un observatorio para alimentar la fantasía de ufólogos, mientras que en lo alto se conservan las ruinas de la ermita, destruida recientemente en un lamentable incendio.
Sólo el silencio denso y persistente, da a este paraje un carácter sobrecogedor y algo amenazante, al que resulta imposible sustraerse.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)

Mon - Asturias

La aldea de Mon, perteneciente al término de San Martín de Oscos, es un mínimo conjunto de construciones tradicionales que se alzan junto a un palacio medieval, un soberbio caserón utilizado actualmente como cuadra en espera de que las autoridades competentes lo rescaten del abandono.
El edificio, un bello ejemplo de construcción nobiliaria rural, está unido al linaje de los Mon y Velarde, protaganista de una antigua leyenda local en la que se narra cómo una princesa había sido hecha prisionera en este palacio por una especie de dragón, el temible cuélebre de la tradición astur. Enterado Arias Mon del cautiverio de la muchacha, se dirigió a la aldea y tras acabar con el cuélebre se casó con la princesa, fundando una estirpe que vivió en el palacio durante varias generaciones.

Princesas y cuélebres
De aquella hazaña surgió un lema: "Velarde, que la sierpe mató, con la infanta se casó", y un hermoso blasón en el que figura el cuélebre, un caballero con armadura y una orla en la que se evoca a la estirpe que vivió en el palacio: "Estas armas y blasón son de la casa de Mon, como fuerte las gané y así las defenderé". Este escudo, junto con otro de las mismas dimensiones, flanquea la entrada en la fachada principal del edificio, una excelente obra barroca con balcones en voladizo y balaustradas de hierro forjado, que tiene una torre a cada lado. La fachada norte del palacio exhibe también una puerta blasonada que da paso a la capilla y a un patio interior.
La aldea, formada por un pequeño grupo de construcciones de piedra y madera, ha mantenido una población estable y próxima a los sesenta vecinos en los dos últimos siglos, pero en la década de los 70 vio disminuir sus habitantes, que trataban de mejorar su vida lejos de esta región, abandonada y marginada hasta hace muy pocos años. En los establos situados bajo las casas, aún se ven indicios de pequeñas explotaciones ganaderas y a partir del río, una mínima pista conduce a los restos de un mazo donde se realizaban trabajos de forja, una de las labores tradicionales de Los Oscos.

(Pilar Alonso y Alberto Gil)


jueves, 13 de octubre de 2016

Les Eres - Lérida

El encantador valle de Castellbó, escenario de uno de los vizcondados que alcanzaron mayor relevancia en la Edad Media, durante la segunda mitad del siglo XX ha pasado a ser uno de los rincones más despoblados de la comarca del Alt Urgell. 
Varios núcleos que forman parte de este valle como Solanell, Sendes, Sallent y Castellnovet, entre otros, han visto cómo sus vecinos abandonaban las viviendas y buscaban acomodo en La Seu d'Urgell y otras poblaciones más pujantes de la provincia, manteniendo únicamente pequeñas explotaciones agrícolas y ganaderas en sus lugares de origen.

Cultivos en terrazas
Una de estas aldeas es Les Eres, que se asoma a la umbría del valle en un terreno de suaves pendientes cubierto de robles, pinos y abedules y rodeado de algunos cultivos en terrazas que acreditan la pasada vocación agraria del término. Durante el siglo XIX, los cultivos de trigo, legumbres y patatas, además de la cría de vacas, ovejas y cerdos, permitían subsistir a una población de treinta vecinos, repartida en seis o siete modestas casas de piedra con tejados de pizarra. Su dependencia de Castellbó, capital del valle, y la falta de servicios produjeron el paulatino despoblamiento y, en 1963, cuando la electricidad llegó al pueblo, quedaban cuatro vecinos.
El caserío, que aún se conserva en buen estado y vive la recuperación de alguna de sus viviendas, está coronado por una mínima ermita presidida por el campanil. En el interior se conserva el altar y el coro alto y alrededor de la construcción se pueden ver algunos pozos de agua. Junto al muro de la ermita, el recoleto cementerio exhibe una solitaria cruz de hierro adornada con un bello trabajo de forja.

(Pilar Alonso y Alberto Gil)

Matandrino - Segovia

La aldea de Matandrino es el mayor de los despoblados que se reparten por el término de Pradeña, en el que también se pueden ver los restos de Pradenilla, El Villar y Peña Corva, éste último en las proximidades del molino del mismo nombre. Todos ellos eran pequeños núcleos de apenas diez casas, surgidos durante la Edad Media y dedicados al aprovechamiento agrícola y ganadero de la zona.
La primera cita de Matandrino se remonta al siglo XV, cuando aparece mencionado como Mata Andrino, seguramente por la existencia en el lugar de un bosquete de endrinos (andrino, en Segovia), arbusto que tiene como fruto la endrina, destinada a la elaboración del pacharán. En el siglo XIX, el pueblo contaba con siete casas "de mala construcción y escasas comodidades" y hacia 1950 se había extendido ligeramente y estaba habitado por unos 40 vecinos. Años después, todos acabarían por abandonar el caserío, convertido en un conjunto de tejados hundidos en medio de un paisaje de secano, labrado todavía por algún tractor.
Una tosca cruz de madera sobre un mojón de piedra parece presidir la entrada al pueblo, formado en realidad por un grupo de casas diseminadas, modestas construcciones de piedra de buen tamaño, con cubiertas de teja en las que a veces sobresale la estructura desvencijada de unas vigas de madera.
Junto a las casas, los establos cumplen ahora la función de pajares y almacenes de aperos para los agricultores del término mientras que, adosada a los muros, se puede ver la inconfundible panza de algún que otro horno. Aquí y allá, el potro destinado a herrar el ganado y algunos artilugios abandonados, como una máquina utilizada para limpiar la parva, dejan entrever un pasado -no tan lejano- muy unido a las labores de la tierra.

(Pilar Alonso y Alberto Gil)

Cañicera - Soria

Otra de las aldeas que han sufrido las consecuencias de la despoblación de la sierra de Pela es la mínima localidad de Cañicera, resguardada a los pies de un altozano con amplias vistas de la comarca de Tiermes. Desde aquí, el territorio que se extiende a los ojos del viajero, pese a su aparente desnudez, estuvo bastante poblado entre la Edad de Bronce y la Edad Media y conserva abundantes huellas del pastoreo en la región, entre ellas algunas rústicas majadas destinadas a guardar los rebaños.
La ganadería fue precisamente una de las actividades principales en Cañicera, en cuyo término abundaban los manantiales y los pozos que servían de abrevadero a vacas y ovejas. Además, la riqueza de agua facilitaba el riego de algunas huertas cercadas por alamedas y los vecinos del pueblo se surtían de una generosa fuente, tanto para beber como para las necesidades domésticas.
Estos recursos permitieron que, durante décadas, se mantuviera una población estable de sesenta vecinos, repartidos en catorce viviendas y dotados de casa consistorial, un pequeño templo y una escuela, cuyo maestro ejercía también de sacristán y secretario de ayuntamiento.
Hacia 1960, aquella población había comenzado a disminuir y, durante la segunda mitad del siglo XX, la falta de luz, de saneamiento y de agua corriente empujó al vecindario a otros lugares. Hoy sólo vive una familia que se ha construido su nueva vivienda a las afueras y el núcleo de Cañicera ha pasado a ser un bello conjunto de casas, aún en buen estado, que asoman sus portalones y sus ventanas enrejadas a una sola calle.
A la entrada se pueden ver los escasos restos del templo de San Martín, muy derruido, y en la parte más alta de la calle aún permanece en pie la antigua fuente. Alrededor del pueblo, apenas siguen en pie las paredes de un palomar y sobre el suelo yace el tronco seco de un viejísimo árbol, con las raíces al aire.

( Pilar Alonso y Alberto Gil)

miércoles, 12 de octubre de 2016

Las Muñecas - León

La pequeña localidad de Las Muñecas es una de las poblaciones que se asoman al recogido valle del Tuéjar, en tiempos propiedad de los marqueses de Prado, que habían levantado su palacio en el pueblo de Renedo de Valdetuéjar. La presencia de esta familia de la nobleza se remonta a la Edad Media y sus prácticas feudales dejaron una huella muy profunda en este paisaje idílico, regado con las aguas del río Cea y cubierto de vegetación, que todavía es conocido en la comarca como el "valle del hambre".

Fiesta patronal

En verano, Las Muñecas resucita con la presencia de algunos de sus antiguos vecinos, que conservan las construcciones en buen estado y todavía se reúnen el 6 de agosto para celebrar la fiesta del patrono, San Salvador. Pero en invierno el pueblo entra en un profundo letargo, apenas alterado por el trascurso del pequeño cauce que atraviesa el caserío y los quehaceres de los dos únicos lugareños que se niegan a abandonar sus casas.
Hace poco más de un siglo, Las Muñecas contaba con 36 casas y más de ciento treinta vecinos, que disponían de escuela "de primeras letras" y vivían de la agricultura y la ganadería. Pero en 1950 la población ya se había reducido a la mitad y a partir de esa década comenzó un lento goteo que parece haberse detenido en el umbral del despoblamiento absoluto. El recorrido del caserío, con su trazado de calles de tierra, permite disfrutar aún de algunos hermosos edificios que se protegen del frío de la zona gracias a sus gruesas paredes de piedra. Sobre los tejados se alza la iglesia parroquial, con una torre cilindrica que en otros tiempos servía para llegar a las campanas, cuando éstas marcaban el transcurso del día con sus repiques.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)

El Cañigral - Teruel

Al borde a la pequeña sierra de Javalón, una de las formaciones que integran los montes Universales, se encuentra el mínimo núcleo de El Cañigral, un barrio dependiente de Albarracín y asentado en una ladera sobre un arroyo que acabará vertiendo sus aguas al río Cabriel. La austeridad del paisaje, cubierto por pinos y sabinas, y la gran dureza del frío invernal en la región, parecen explicar el silencio que se ha adueñado de este conjunto de edificaciones situado en una especie de tierra de nadie en la divisoria entre Teruel y la serranía de Cuenca, una zona en la que han quedado abandonadas varias aldeas: El Membrillo, San Pedro, El Collado de la Grulla,...
Hasta épocas recientes el pueblo debió contar con una población nutrida, a juzgar por los restos de la escuela, un típico edificio de la posguerra en el que aún se adivina la vivienda del maestro. En el centro del pueblo se puede ver la ermita, construida en el siglo XVIII, según reza en el dintel de su puerta, una sólida obra de madera que protege el interior de este mínimo templo. El edificio ha sido restaurado recientemente por un fraile de la orden de San Juan de Dios, que ejerce de ermitaño en una vivienda cercana.

Horno de piedra
Escalonándose a lo largo de la ladera se pueden ver otras construcciones, modestas pero de buen tamaño, con la característica estuctura de dos plantas, la baja destinada a establos y la superior a vivienda. Entre todas ellas destaca de manera especial un caserón de buen porte, algo apartado del núcleo principal y dotado de una construcción aneja, un horno con forma de tronco de cono que se conserva en muy buen estado. Junto al riachuelo y en un frondoso paraje arbolado que incluye algunos álamos viejísimos, se alza lo que debió ser un antiguo molino, habitado esporádicamente y rodeado de un rústico conjunto de puentecillos de piedra que en otoño quedan ocultos bajo un denso manto de hojas.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)

Fregenite - Granada

Fregenite es una población serrana que mantuvo su tipismo hasta los años 40, en que se inició un lento proceso de despoblación que alcanzó su etapa más aguda en la década de los 60 y arruinó su característica arquitectura alpujarreña. En la actualidad sólo se mantienen en pie media docena de casas de las más de sesenta con las que contó el pueblo, aunque algunas se están reformando como segunda residencia. La presencia de albañiles y de los escasos vecinos que se asoman a las puertas o bajan silenciosamente a buscar agua a la fuente, son una prueba de que el pueblo, pese a su desolación, se resiste al abandono absoluto.
Poco antes de llegar al núcleo urbano, una era de piedra recuerda la época en la que los habitantes de Fregenite vivían del cultivo del cereal, utilizando los bancales construidos a duras penas en un terreno tan accidentado. En torno a estos cultivos todavía se pueden ver almendros, viejísimos olivos y algunas higueras que, junto con las cabras y ovejas, eran el parco medio de subsistencia de los vecinos.
Al bajar al pueblo llama la atención es la aguda pendiente en la que el caserío parece mantener un precario equilibrio, incrustado en el espectacular paisaje montañoso donde se unen las sierras del Junco y de Lujar. Las calles reptan como pequeños senderos cubiertos de vegetación, mientras que las casas, de gran simplicidad, y presididas por las inconfundibles chimeneas alpujarreñas, se adaptan a la ladera del monte gracias a las terrazas escalonadas, presentes en toda la comarca.
Sólo los cuidados macizos de flores, las paredes recién encaladas y algunas cortinas sobre las puertas indican la existencia de un silencioso vecindario. En el interior de las viviendas, de una sola altura, las habitaciones tienen distintos niveles para amoldarse a la pendiente del terreno y en la parte trasera suelen esconder patios con corrales.

Molino de aceite
Entre las construcciones atraen la atención los restos de un molino de aceite, donde aún se puede ver parte de la maquinaria, la almazara y algunas tinajas. En la parte más alta del pueblo, separada de éste y con espectaculares vistas se alza lo que debió ser la escuela y la parte baja está ocupada por la iglesia, una construcción del siglo XVI que, tras sufrir graves daños durante la Guerra Civil, quedó reducida a un modesto templo  encalado en el que sobresale el mínimo campanario. Tras la iglesia está el cementerio y junto a ella, en una zona umbría cubierta de árboles, un caño ofrece el alivio de su agua fresca, procedente de un manantial cercano.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)